Ensayo de Bolivia

Espacio para el ensayo, la crítica, reseñas y artículos sobre literatura boliviana.


lunes, 28 de marzo de 2011

Confines de la Conversación. Una lectura de El otro gallo / por Alan Castro R.

La conversación es el espacio de lo improvisto. El paso de un asunto a otro es imperceptible como el crecimiento de un niño; esa natural sutileza consolida sus tonos y variaciones. La intervención de cada interlocutor depende de una palabra azarosa que, con resonancia interior, desencadena un microcosmos ansioso de verter su imago mundi.

En la conversación había que abrirse paso a través de las palabras como a través del monte, hasta que de la rutinaria maleza surgiera un tema, como una lagartija fugaz que luego, con otras palabras podía transformarse en un silencioso puma deslizándose en la oscuridad de la selva o en una rugiente boa enroscada en el tronco de un árbol.[1]

Así dice el segundo párrafo de El otro gallo, nouvelle del escritor Jorge Suárez, felizmente reeditada hace poco gracias a su inclusión entre las “diez novelas bolivianas más representativas”. Los personajes de El otro gallo se hacen visibles en un espacio de conversación: la Cabaña, a donde llegan despojados, aunque sea momentáneamente, de las verdades que arrastran: la celosa soledad de la hija del profesor Saucedo, la oscura relación de don Carmelo con la Palmareña, el pasado ajetreado de Benicia, o los padres del Bandido. Es crucial fijarnos en este último, por las connotaciones de su nombre y porque es el personaje principal de El otro gallo. El bandido es un ser consciente de su soledad y su lugar en la narrativa latinoamericana es privilegiado. La Cabaña como santuario del Bandido es significativa en cuanto connota una religiosidad. Si el Bandido ha perdido cierta ligazón con “la realidad” será en la Cabaña donde la reencuentra. La repetición ritual de sus historias (una inevitable letanía) de embrome y matanza de carabineros sostiene la imaginación y confina la conversación en la Cabaña.

Al ventear el culipi, Benicia había recordado esa mañana el modo en que el Bandido traía la conversación a sus terrenos; la olímpica desfachatez con que, a veces, se tomaba el culipi del profesor Saucedo y la forma sutil con que introdujo, desde el primer día, la cuestión de los carabineros, como quien trata de un asunto familiar y no necesita perderse en detalles.[2]

La sobresaliente participación de Luis Padilla Sibauti, el Bandido de la Sierra Negra, en las conversaciones de la Cabaña no es casual; como tampoco lo es su obsesión por los carabineros. Estos detalles son centrales para comprender el acto de narrar como lugar y tiempo de concepción de un lenguaje fértil. La complicidad que el narrador y el Bandido tienen en El otro gallo es notable. Y es revelador, por ejemplo, que el narrador cuente la historia del Bandido en tercera persona y que, de pronto, intervenga don Carmelo, el Profesor Saucedo o Benicia. Estas incursiones confunden el relato del narrador con el del Bandido. La Cabaña se convierte también en el espacio donde el narrador configura un mundo. En este juego de niveles de realidad se hace evidente el contrapunteo entre oralidad y escritura. El espacio de la escritura es también el espacio de la interpelación, de la argumentación exigida por el otro. El narrador es el que abre, guiado por impetuosos lectores imaginarios, las sendas que lo conducen por la maraña del lenguaje. Los límites del laberinto están delineados por un tema, y el peligro sería salirse del laberinto o perder el hilo. Es por eso que el carabinero es una concreción necesaria, que instaura un lenguaje común en la Cabaña. Su alcance poético es más eficaz cuando su repetición define el estilo de vida del Bandido, porque enriquece de posibilidades toda imagen que se le conjuga. Dirigir la conversación por un mundo limitado es proponer una comunicación más fluida, donde las explicaciones están por demás, y sólo lograrían entorpecer la misteriosa fineza de su tejido. Es por eso que, cuando un carabinero exige, entre otras cosas, la licencia para conducir, amenazando con decomisar guineos, el Bandido no tiene otro remedio que matarlo. Sabiendo que los carabineros suelen acostumbrarse a decomisar guineos, el Bandido no puede arriesgarse a permitir un solo abuso, y el único remedio es elegir su libertad (que sabiendo quién es, resulta lo mismo que elegir su propia vida). Pero, más claramente, ¿quiénes son estos carabineros? Los carabineros son personajes imposibilitados de concebir una realidad diferente a la prescrita. Y, siendo el monte –como la conversación–, el lugar de lo improvisto, basta un campo de mariposas azules para hacerlos retroceder. La aparición de lo inesperado es lo que, cabalmente, salva el pellejo del Bandido en reiteradas ocasiones. Esta imprevisión es también la raíz del humor coloquial. Recordemos, por ejemplo, el momento en que el Bandido está a punto de ser fusilado. Antes de disparar los carabineros le preguntan por sus últimos deseos. El Bandido responde: ¡Patasca y cerveza helada! El aturdimiento que produce esta respuesta en los carabineros le permite escapar nuevamente de la inminente muerte.

Las palabras son los instrumentos de fuga de Luis Padilla Sibauti. Podemos comprobar esta afirmación en el habla popular. Es sugestivo, por ejemplo, que la palabra salida tenga una connotación humorística en el lenguaje oral. Si alguien dice “¡qué buenas salidas tiene Fulano!” sabemos que se refiere a su capacidad para gambetear las frases que pretenden sentenciarlo. Salidas que, en el caso del Bandido, empezaban a madurar en sus soliloquios infantiles, en la imaginación irrefrenable del niño solitario. Esta maduración de un lenguaje propio permite que el Bandido adquiera la destreza para maniobrar las palabras como armas. Lo que nos lleva nuevamente a la relación que tiene el Bandido con el narrador de El otro gallo. Si bien la confabulación entre narrador y Bandido es notoria, es importante ilustrarla en alguna apreciación del narrador respecto a las palabras del Bandido. Según cuenta el narrador, en la realidad de los hechos el Bandido, inconscientemente amenazado por un Administrador de Cine, lo hizo desaparecer de su memoria. Y lograr esta disolución con el desenfado natural de quien recuenta un fragmento de vida es, quizás, la médula humorística que impulsa el tejido de El otro gallo.

Mientras nos vamos deslizando por las páginas de esta nouvelle, la densidad del relato se hace tangible. Pareciera que, por fin, las andanzas del Bandido se verán truncadas en un callejón sin salida, por obra de un carabinero de marca mayor. Justo ahí, cuando el narrador (el que sabe la verdad de los hechos) afirma estar contando la última historia de Luis Padilla Sibauti, presenciamos el salvaje apuñalamiento del Bandido por obra de los carabineros. Y, de pronto, ante la pesada fatalidad, nos vemos de nuevo en la Cabaña, donde los parroquianos atienden perplejos la historia del Bandido. Resulta, según la imaginaria versión del Bandido, que los puñalazos que le daban los carabineros no eran sino los ridículos picotazos que un gallo real le daba a la imagen de un gallo que él tenía estampado en sus calzones descubiertos después de una farra. Reconocido ese confín, la conversación continúa.



[1] SUAREZ, Jorge, El otro gallo, Ed. Chane, Santa Cruz de la Sierra, 1982, p. 12.

[2] Ibid., p. 16.

jueves, 24 de marzo de 2011

ADÁN Y EVA ERAN AYMARAS: sobre la obra de Emeterio Villamil de Rada, por Liliana Colanzi

ADÁN Y EVA ERAN AYMARAS

Liliana Colanzi

Hace varios años, un hermano de mi madre que es profeta de un culto ovni andino—una rama de los gnósticos—pasó una larga temporada en mi casa recuperándose de una cirugía. Durante su estadía, que yo disfruté muchísimo, se dedicó a contarme las historias de sus vidas pasadas (decía haber sido Charles Dickens y el maestro de sinagoga de Jesucristo) y a llenar las puertas de las habitaciones con símbolos para alejar a las fuerzas malignas. Un día, al volver del colegio, descubrí con pena que mi tío se había marchado. Sin embargo, había dejado en la biblioteca familiar varios libros: un par de evangelios escritos por él mismo, tratados esotéricos que explicaban la relación entre los extraterrestres y las culturas andinas y un texto al que al principio no le presté atención.

Se trataba de La lengua de Adán, posiblemente una de las obras más extrañas y fascinantes del siglo XIX. El autor, Emeterio Villamil de Rada, fue un excéntrico erudito paceño que se pasó la vida embarcándose en aventuras alocadas por todo el mundo. El libro permaneció ignorado en la biblioteca familiar durante años, hasta que un colega periodista al que le hablé sobre la religión de mi tío me hizo notar la importancia de La lengua de Adán. No solo se trataba de un libro raro, me dijo, sino que apenas se habían hecho tres ediciones en más de cien años. El manuscrito original había pasado varios años empolvándose en el Archivo de La Paz hasta que alguien lo rescató antes del incendio del Palacio presidencial en 1875. Esa misma noche regresé a buscar el texto de Villamil de Rada.

No era una lectura fácil. La lengua de Adán trataba de probar nada menos que el aymara fue la lengua perfecta, el primer idioma que hablaron los seres humanos y del que se desprendieron todos los otros. Villamil de Rada llegó a esa conclusión luego de aprender—se dice—22 lenguas a la perfección y de manejar medianamente otras diez. También, basándose en estudios arqueológicos, sostuvo que el Edén estuvo en los Andes, lo que significó una reivindicación explosiva de la cultura indígena andina, sometida a la servidumbre. Hoy en día cuesta creer la teoría de Villamil de Rada, pero en su época, cuando los conceptos arqueológicos y antropológicos modernos nacían, sus ideas fueron discutidas por lingüistas de todo el mundo—Umberto Eco lo menciona en La búsqueda de la lengua perfecta (1993).

A través del prólogo me enteré de que Emeterio Villamil de Rada se había suicidado en 1875 luego de intentar varias veces que el gobierno boliviano financiara la edición de sus trabajos. Busqué fotos suyas en vano. El bibliógrafo Nicolás Acosta lo describió como un hombre algo encorvado, de nariz ancha y ojos un poco saltones. Nació en Sorata, La Paz, en 1804, en una familia adinerada. Su primera aparición pública fue en 1825, año de la independencia de Bolivia, cuando pronunció el discurso de bienvenida a Simón Bolívar en su entrada a La Paz. Tenía 20 años. Antonio José de Sucre quedó impresionado con su oratoria y lo invitó a unirse a la comitiva, pero Emeterio rechazó la oferta.

Al año siguiente tuvo un encuentro crucial con lord Behring, un explorador británico que estaba de paso por La Paz y que lo invitó a seguirlo en sus viajes científicos por el mundo. Esta vez el joven Emeterio no vaciló: le pidió permiso a su padre, que puso a disposición su fortuna, y se lanzó a descubrir el Viejo Mundo.

En Londres, un tutor inglés lo preparó en el griego y el latín. Llegó a Francia con una carta de recomendación para el ya anciano general La Fayette y visitó Roma, Viena, Bruselas y Polonia.

Siete años después retornó a La Paz e inmediatamente quiso poner en práctica sus conocimientos. Sus empresas fueron de lo más diversas: dictó la cátedra de Literatura de la recién fundada Universidad de San Andrés, intentó incursionar en la política pero fracasó estrepitosamente y, por último, se metió en las minas de Coro Coro para buscar cobre. Acabó desterrado en Lima por causa de sus simpatías políticas, a los 39 años, y entonces se permitió, por única vez en la vida, la locura de enamorarse.

Se casó con la peruana Mercedes Castañeda en 1842, tras un brevísimo romance, pero la pasión le duró poco: un año después abandonó a su mujer y a su único hijo, Octavio—que moriría a los 19 años—, para irse al norte de Perú, atraído por la explotación de la quina. No se le conoció otra mujer, no tanto por su tendencia a la soledad—que era grande—como por su misoginia. En el Amazonas, Emeterio descubrió la variedad de quina llamada kallisaya y trató en vano de obtener ganancias vendiéndola a Europa. Aunque no le dio dinero, la experiencia le sirvió para entrar en contacto con otras lenguas nativas que le serían útiles para su trabajo filológico.

Luego se trasladó a San Francisco, California, atraído por la fiebre del oro. Emeterio se vio perdido en el anonimato, rodeado de una fauna humana de toda clase y nacionalidad y librado a su suerte en ese mundo tentador, hostil y peligroso. Allí se le ocurrió una idea que resultó lucrativa: abrió un periódico en cuatro idiomas que lo hizo millonario de la noche a la mañana. Ese fue el único éxito empresarial de toda su vida.

Al poco tiempo se vio tentado a invertir todo su dinero en la importación de casas de madera desde Nueva York, negocio que pareció funcionar hasta que un incendio redujo las casas a cenizas. El filólogo intentó repetir el éxito del periódico plurilingüe en Ciudad de México, pero esta vez fracasó.

Sin más alternativas, aceptó la propuesta de un joven pastor protestante de marcharse a Australia a buscar fortuna. Las cosas no pudieron salir peor. Al poco tiempo de llegar a Sidney, su amigo murió. Al lingüista no le quedó más que emplearse en oficios humildes, barriendo y fregando pisos. Sin embargo, aprovechaba las noches para estudiar a fondo las lenguas nativas australianas y las de la India.

En 1856 se lo encontró triunfante en Valparaíso. De allí prosiguió hasta La Paz, donde lo recibieron por primera vez con pompa y lo nombraron diputado del presidente Jorge Córdova. Ya sesentón, se arriesgó a un último negocio aventurero: la búsqueda de oro en las minas de Tipuani, que tampoco dio resultados. Anciano, el gobierno lo envió a demarcar los límites de Bolivia con Brasil, y en la frontera aprendió otros idiomas nativos del oriente boliviano.

Viejo, pobre y dueño de un enorme caudal de conocimientos, decidió mudarse a Río de Janeiro, donde empezaría a clasificar sus saberes y a darle forma a su vastísima obra, además de crear una sociedad de estudios antropológicos.

En Brasil escribió la totalidad de su obra, que supuestamente incluía títulos tan sugestivos como La localidad del Edén y su mapa de los cuatro ríos que designa con precisión el Génesis, La Historia prehistórica, generante de la ulterior y una Introducción al vocabulario en aymara teutónico. Glosario. El conjunto de sus manuscritos estaba destinado a conformar una obra de alcance disparatado: La filosofía de la humanidad.

En ese momento decidió acudir al gobierno boliviano. Preparó un resumen del contenido de sus trabajos y lo despachó, pero nunca recibió respuesta. Ese resumen, que fue rescatado del Archivo por un amigo de Nicolás Acosta y publicado en 1888 bajo el título de La lengua de Adán, por poco corrió la suerte de ser consumido por el incendio del Palacio, hoy Quemado, de La Paz. Es lo único que se conoce de la obra de Villamil de Rada.

El filólogo tuvo que mendigar la buena voluntad del gobierno de Brasil y apelar al interés de otros investigadores. Pero ya era demasiado tarde. Deprimido, desmoralizado, sin un centavo en el bolsillo, Emeterio Villamil de Rada se suicidó arrojándose al mar en 1880. Su obra se perdió para siempre.

De cuando en cuando, el nombre de Emeterio Villamil de Rada aparece envuelto en acaloradas discusiones en torno a la antigüedad de la cultura aymara o a la importancia de su aporte a otras lenguas o civilizaciones. Algunos lo consideran un iluminado, otros un ‘pseudolingüista’. Su libro es casi imposible de encontrar y, por esa misma razón, es buscado con avidez por coleccionistas de libros raros, investigadores, antropólogos y filólogos.

El gobierno de Evo Morales ha celebrado La lengua de Adán por su obvia contribución a la causa aymara. No obstante, todavía ninguna editorial se ha ocupado de reeditar el libro, que continúa siendo más famoso por el aura de misterio que lo rodea que por los estudios realizados en torno a él.

En cuanto a mi tío gnóstico, nunca pasó por mi casa a buscar sus libros. Lo vi hace unas cuantas semanas: era Año Nuevo y me contó que acababa de publicar cinco evangelios nuevos. Pero esa es otra historia.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Traidores del alma: sobre "Seis muertos en campaña" de Augusto Céspedes

Jessica Freudenthal

En lengua guaraní, ñe'~e significa "palabra" y también significa "alma".

Creen los indios guaraníes que quienes mienten la palabra, o la dilapidan, son traidores del alma.

Eduardo Galeano

La Guerra del Chaco es un tema intenso abordado muchas veces en la literatura boliviana. La sangre derramada provocó un gran impacto en los escritores y pensadores de esa época. Augusto Céspedes se inscribe dentro de esta escritura para abrir una posibilidad de nombrar y terminar con una época de oscuridad.

Seis muertos en campaña forma parte del libro Sangre de Mestizos, los títulos ponen en evidencia temas importantísimos en la literatura de Céspedes: la muerte, la guerra y el mestizaje. Sin embargo, empezamos diciendo que Céspedes aborda también el hecho de nombrar esa realidad, el lenguaje es un tópico central en su labor escritural.

El cuento comienza con un epígrafe, un fragmento de una carta escrita por el Mayor de la Sanidad Boliviana V… La carta habla a cerca de las notas del sargento Cruz Vargas. No es casual que Céspedes comience su texto de esta manera, ya que con ello logra poner en evidencia la importancia de la escritura, el autor de Sangre de Mestizos, parte de la escritura misma, del hecho de escribir, más que del contexto histórico. El narrador comienza describiendo las notas del Sargento Cruz Vargas:

(...) están escritas en papeles sueltos, al lápiz, son difíciles de captar por la caligrafía irregular y el concepto. Coordinándolas en forma novelable son las siguientes (…)

Desde el inicio del cuento, sabemos que nos enfrentamos a un texto fragmentado, y que ha sido dispuesto por un agente externo quien dirige nuestra lectura, en un determinado orden novelable, es decir ficcional. Un “orden” establecido por un narrador que dirige y guía al lector, pero haciendo énfasis de que los hechos narrados son ante todo escritura. Así mismo, nos encontramos frente a un texto fragmentado, incompleto, que refleja a su vez una realidad y un individuo escindido.

Al final del capítulo primero encontramos una frase que refleja y ejemplifica lo expuesto en el párrafo anterior:

(…) Uno murió así:

Ese es el “final” del primer capítulo. Los dos puntos detienen el discurso para llamar la atención sobre lo que sigue. Sin embargo, “nada” sigue, el vacío es la continuidad. Sí, efectivamente continúa el siguiente capítulo (ordenado de manera novelable por un narrador), pero dentro del texto anterior, después de los dos puntos no hay nada, rompiendo así con el énfasis y con su uso convencional, haciendo evidente el carácter fragmentario del texto, que refleja también una realidad fragmentada donde se produce una hendidura en el lenguaje.

El lector se enfrenta a un texto que le demanda, en primer lugar, reordenar el caos, es decir, jugar el juego establecido por el autor del “orden” novelable de los fragmentos de las cartas, o establecer su propio orden; y en segundo lugar, descubrir y reestablecer los sentidos posibles. Por ello la ambigüedad y la fragmentación son la esencia misma de este cuento, ya que el lector es quien dará sentido a la obra. Julia Kristeva afirma que el texto es un espacio dialógico, que puede dar lugar a diferentes lecturas, totalmente opuestas. Seis muertos en campaña ha sido leído desde las vertientes históricas y estructuralistas; se han revisado los personajes, el manejo del tiempo del espacio, y otros. También ha sido leída desde la formación y el pensamiento político de Augusto Céspedes. Sin embargo, la apuesta del autor, al hacer énfasis en el metalenguaje y la metaficción, lleva a este texto a otro nivel, donde el cuestionamiento no es solamente a cerca de la escena política, social, económica del país, sino a la esencia misma del ser humano.

El personaje, a pesar de estar inmerso en la realidad de la guerra, rodeado de muerte, en el “Infierno Verde”, en un estado de muerto-viviente, tiene una preocupación y una ocupación: la de la escritura: en el capítulo III el personaje enuncia:

…¿Cuándo escribiré la historia de Aniceto? A través del recuerdo (y de la propia escritura de las “notas”), el personaje logra recordar: Lo estoy viendo, a través de la escritura las cosas, las personas y los hechos se hacen visibles y presentes.

Sin embargo, el lenguaje entra en crisis en un punto de la narración, pues el sujeto, el personaje, vive la experiencia del horror de la guerra, una experiencia cercana a la muerte, donde el lenguaje va desapareciendo:

¿Me dejaré entender? Es posible que no. Advierto que me he acostumbrado a no escribir y ni siquiera a pensar con palabras. A mi cabeza acuden no las figuras ni los nombres de las cosas, sino las cosas mismas, sin nombre: los árboles, las picadas, los soldados, los enfermos, las caravanas de camiones (…)

Las cosas llegan sin nombre al personaje, directamente, en su más cruda esencia, no hay un lenguaje como mediador, tampoco las figuras llegan a él, solo las cosas mismas, desprovistas de palabra, de lenguaje. Esto produce una despersonalización, pues el lenguaje es la casa del ser. EI hombre mora en esta casa. Los pensadores y los poetas son los custodios de esta morada. Sólo donde está el lenguaje, está el mundo, es decir: el recinto cambiante de la decisión y la obra, de la responsabilidad y la acción, pero también de la arbitrariedad y el ruido, de la caída y la confusión. Sólo donde impera el mundo se encuentra la historia. No es el hombre el que determina al Ser, sino el Ser el que, a través del lenguaje, se revela a sí mismo al hombre y en el hombre. El hombre se vuelve entonces guardián de esta verdad, el centinela en este claro del bosque, el pastor del Ser[1]. Así, al perder las cosas su nombre, se pierde el mundo, se pierde la esencia de ser, se pierde la vida, y sólo queda el silencio y la muerte: el hombre deja de ser hombre.

El personaje empieza a despersonalizarse, expresa que no puede retener ya sus ideas (pues estas están hechas de lenguaje):

Mi cabeza es una caja llena de tierra árida, de arena sacudida.

Raquel Montenegro expone: Lo primero que llama la atención es que cada cuento tiene un personaje-relator que va narrando la anécdota, pero poco a poco al sucederse la acción, éste va dejando lugar a un elemento especial (un objeto, un recuerdo, un animal, etc.), que va adueñándose del relato y del mismo hombre hasta convertirse en real protagonista o amo del personaje-títere. El hombre va empequeñeciéndose y minimizando su rol a tal extremo que este ya no es importante.[2]

A primera vista se podría decir que el protagonista de Seis muertos en campaña se reduce a las cartas que escribe, pero en realidad se reduce a la escritura misma. Las cartas son el único trazo que va quedando de él ante la violencia, el maltrato, la angustia, el hambre, la soledad y todos los horrores de la guerra. Pero incluso, por momentos, como lo vimos anteriormente, incluso el rastro de su lenguaje se pierde, y las cosas llegan a él sin nombre.

Fernando Baéz dirá: es el lenguaje, claro. Como autobiografía plena del ser, por ejemplo. Como destino, coartada, maldición, revelación, encuentro. Como relación natural o arbitraria. Es esto: ser debería entenderse como ser dicho. Un poco lo que ha escrito Heidegger: "El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre". ¿El lenguaje como casa? También como orilla, vértigo, intemperie, divinidad.[3]

En el capítulo III el personaje escribe:

Me acuerdo, no sé porqué, de un perro y de mi primo Aniceto cuya historia he querido siempre escribir. Pero ocurre que generalmente me olvido de lo que quiero y ahuyento las palabras para quedarme mudo, por dentro y por fuera, siendo así que lo único que ya vive de mi cuerpo son mis palabras y mis piojos. Mi vida antigua, los mil años que me separan de mi terruño, dormido en las faldas de la montaña, mi madre, mi hermana, y mis terribles dolores de la campaña, todo eso ¿acaso existe ahora? Sólo mis palabras lo desentierran de mi corazón. ¡Las palabras! Son lo más inútil y lo más cierto de la creación. Por eso yo quiero escribir. Yo sé que los hombres nacemos con un destino de palabras, y mientras no las hayamos vaciado, no podremos morir, aunque aún no habremos vivido. Nuestro mundo existe sólo durante un millonésimo de segundo para dar lugar al nuevo hecho, pero los renglones lo pueden enjaular. Y entonces el hecho ―dolor, sombra o muerte― ya es nuestro, ya es permanente y manso.

¿Para qué hubiera ocurrido, señor, todo aquello si no fuese para escribirlo?... Escribirlo, aunque sea nada más que para que lo lea Dios. Que sepa este señor el sufrimiento inédito que no vio nadie en la selva desierta y abone en nuestra cuenta el anticipo de infierno que vivimos. Lo que se hizo y no se dijo, no ha existido. Vengan a mí las palabras. Son como un sacramento, son más reales que la acción, valen más que ella y nos consuelan más. Señor mío Jesucristo…

El personaje no escribe desde “el holocausto”; desde la guerra y la muerte. Escribe desde la propia catástrofe, buscando un lenguaje que sea capaz de nombrar el horror de la guerra, del Infierno Verde. El personaje es conciente de que la palabra no le basta, y así se orilla y se mantiene en el límite de lo inexpresable. Siempre ha querido escribir una historia, pero no lo hace. El personaje se fuerza al mutismo, al silencio, otorgando a las palabras el poder de decidir sobre su mente y sobre su cuerpo. Sólo las palabras son capaces de evocar, de traer y revivir lo que ya no existe o parece que ha dejado de existir.

¿Cómo se muere? Yo podré decir ahora una de las maneras de morir contando la historia de Aniceto. Pero antes es un perro quien reclama su aparición en estas líneas, un perro a quien mató Aniceto hace muchos años.

La performatividad y el metalenguaje son claves para el funcionamiento de este cuento. La historia de Aniceto se va contando, fragmentariamente, mientras se la va contando, de manera escindida, desde una realidad rota.

El perro reclama su presencia en las líneas, este personaje animal es conciente (así como el narrador-escritor) de su fundamental presencia y aparición en la narración para poder escribir la historia. En Seis muertos en campaña, la historia (con minúscula) se entrelaza a la Historia (con mayúscula) haciendo un juego de ironía, esta “historia” es escrita por los vencidos. La escritura dentro de la escritura.

¡Las palabras! Son lo más inútil y lo más cierto de la creación. Por eso yo quiero escribir. Esta conciencia del carácter ficcional y trivial de las palabras, así como de su carácter de “verdad”, demuestran lo que en realidad se pone en juego en el cuento de Céspedes. El personaje quiere escribir, porque sabe que las palabras pueden ser inútiles, pero que también pueden salvarlo, devolverle su humanidad, y más aún, la palabra escrita hace trascendente a la H/historia. Un pasaje, un capítulo de Bolivia, un fragmento doloroso y ensangrentado, no deberá caer en el olvido: y para eso la palabra.

El destino del hombre es un designio hecho de palabras (el lenguaje es la casa del ser), frente a esta maldición, este destino inescrutable y designio fatal de las palabras, lo único que le queda al ser son las propias palabras, igual que en el Shoa y el Holocausto, ante la prohibición de escribir sólo queda escribir. Esta obra renueva la literatura boliviana, al tratar el tema de la Guerra del Chaco desde el punto social, pero sobre todo desde la perspectiva literaria y los cuestionamientos sobre y desde el lenguaje.

La fuerza del lenguaje, su capacidad de detener el tiempo, de atraparlo entre las líneas, el poder de las palabras de enjaular el dolor y el sufrimiento, de encadenarlos a una página de papel, está también expuesto como un maravilloso legado de Céspedes.

Escribiendo, novelando la historia, los recuerdos, los hechos y deseos, el mundo existe, el ser, la persona existe. Escribir aunque sea sólo para que lo lea Dios, enunciará el personaje, para memoriar la historia, el dolor, la guerra, para no olvidar lo inútil de ésas palabras.

Termino con las palabras de Céspedes:

Lo que se hizo y no se dijo, no ha existido. Vengan a mí las palabras. Son como un sacramento, son más reales que la acción, valen más que ella y nos consuelan más.

__________________________________________________________________________________________________

Bibliografía

- Céspedes Augusto. Sangre de Mestizos. Seis Muertos en Campaña. Nascimento. 1936

- Montenegro, Raquel. El paseo de los sentidos. Estudios de Literatura Boliviana Contemporánea. El personaje en “Sangre de Mestizos”. IBC. La Paz. 1983

- Baez, Fernando. Filosofía del Lenguaje. http://sociedaduda.iespana.es/sfuda/4.htm



[2] Montenegro, Raquel. El paseo de los sentidos. Estudios de Literatura Boliviana Contemporánea. El personaje en “Sangre de Mestizos”. IBC. La Paz. 1983

[3] Baez, Fernando. Filosofía del Lenguaje. http://sociedaduda.iespana.es/sfuda/4.htm